TESTIMONIO DE SEIS CURAS ASTURIANOS

QUE CONOCIERON PERSONALMENTE A GASPAR.

 

JOSÉ ÁLVAREZ LOBO, Sacerdote Dominico

 

 

Gaspar «Optó por el único camino que tenía para liberar a los campesinos de la miseria»

 

Cuando llegué a Nicaragua me encontré, como Gaspar García Laviana, con un país de campesinos, en su mayoría analfabetos, que vivían en la miseria más absoluta, explotados. Mi primer destino fue Rivas, y al conocer los pueblecitos, los ranchitos en los que vivían los campesinos, me asusté no sólo por la miseria, sino también porque no tenían esperanza de ningún tipo. Hay una anécdota que refleja lo que era la  Nicaragua de Somoza. El dictador envió a su hijo Anastasio, Tachito, a estudiar en la Academia Militar de Estados Unidos. Los militares le preguntaron a su llegada: “¿Es usted de Nicaragua?”, y él respondió: “No, Nicaragua es de mi papá”.

… Pienso que Gaspar no cambió, sino que se sintió increpado por la realidad, por esos campesinos que pasan hambre, que no tienen medicinas para poder curar a sus hijos. En los pocos versos de Gaspar que se conservan de allá, él confiesa que el contacto con la realidad, con la miseria con la que se obligaba a vivir a la gente, le llevó a querer buscar por cualquier medio que su situación cambiara. No tengo una idea clara de cuándo nos conocimos, pero nos hicimos amigos cuando los dos participamos en proyectos de sacerdotes y seglares con campesinos. Sería en 1972. Pusimos en marcha una institución dirigida por un muchacho, Ricardo Zúñiga, y nos reuníamos frecuentemente; unas veces en grupos pequeños y otras en otros más amplios. En ese contexto fuimos intimando. Quizás influyera también que los dos éramos asturianos, con la vinculación que tenemos con nuestra tierra y con nuestra manera de ser, más franca, de decir las cosas con menos temores o con demasiado desparpajo. Hay una época en la que yo no estuve directamente en Nicaragua.

 

Tuve que salir en 1974 por una confluencia entre lo religioso y lo político, y me destinaron al norte de Costa Rica. Allí se celebró un encuentro de delegados de la palabra de todo Centroamérica, al que también acudió Gaspar, que seguía en Nicaragua, aunque salía del país por el monte; pasaba fácilmente porque había campesinos que le ayudaban. En esa reunión me contó que en Nicaragua ya no podía estar más que como clandestino. Recuerdo que le dije que nosotros teníamos que estar al lado del pueblo y que una cosa es querer que cambien las cosas así, de forma utópica, y otra cosa es dar los pasos para que la realidad cambie. Creo que a partir de ese momento tuve una intimidad con Gaspar que no tenían los otros porque estábamos más o menos de acuerdo en el proyecto.

 

Gaspar se atrevía a dar la cara en cualquier parte, era impulsivo, una persona que pensaba algo y se lanzaba. Con él no valía eso de “esperemos y tengamos paciencia”. No. Él enseguida veía una forma de ir, y ahí estaba. Pienso que como no tenía otro camino para contribuir a la liberación de tanta gente de su miseria, porque se les negaban todos los demás, el de la justicia, el del diálogo, el de la política, optó por el único camino y buscó a quienes querían cambiar la realidad para sumarse a ellos. Gaspar era libre en ese sentido, no tenía miedo a la verdad…

 

… En el país por el que luchó a Gaspar se le considera mártir. Es cierto que uno puede estar disconforme si se basa en la definición de mártir del derecho canónico, pero hay también otro tipo de martirio, no por la fe, sino por el amor. San Juan, en sus Cartas, más bien habla de este tipo de martirio, del que da la vida por los demás. Por eso, Gaspar García Laviana es un mártir en Nicaragua. Hay ya reflexiones teológicas sobre esta realidad de ver cómo en América Latina la gente considera mártires a muchos que dan la vida por los otros de una forma o de otra.

 

 

 

ALFREDO CUETO.

Amigo de infancia. Párroco de Santa Teresa del Pozón (Avilés)

 

Gaspar vivía en Tuilla y yo en otro pueblo, un poco más arriba, en la Braña, pero todos los que éramos niños entonces nos criamos a la sombra del Pozo Mosquitera. La minería marcaba la pauta del desarrollo y de nuestra vivencia. Recuerdo muchas veces que cuando yo iba para la escuela, venía la ambulancia de abajo, de La Felguera o de Sama, y siempre nos quedaba la mosca detrás de la oreja pensando a quién iría a buscar. Vivías unos ratos duros hasta que te enterabas de lo ocurrido, hasta que sabías que no estaba allí tu padre, pero uno tardaba bastante en enterarse y lo pasaba mal.

La mina marcaba también la realidad sociológica, aunque de niños no éramos conscientes de ella, y tampoco te parabas a pensar que pudiera ser de otra manera porque no conocíamos otra cosa. Éramos un poco marginales por ser hijos de mineros pero, también por serlo, crecimos con unos valores de honradez, lealtad, sinceridad, convivencia, ayuda al necesitado... Esos valores, que siguen allí todavía aunque ya no tan puros como en aquella época, son valores cristianos, de solidaridad, de comprensión, de tolerancia, de amor, de justicia, eso brota desde el mismo Evangelio.

Mis primeros recuerdos de Gaspar son que a veces coincidíamos al ir a confesarnos a la parroquia de San Juan del Coto, que está un poco más arriba de Tuilla; nos confesábamos con don Patricio, un verdadero santo, hombre silencioso, comprensivo, humilde. Pero si quiero buscar una respuesta, un origen, a mi vocación, yo diría que fue Gaspar. Cuando él comentó que iba al seminario, yo dije en casa que quería ser como Gaspar, y me enviaron al seminario de Oviedo. Nos veíamos durante nuestras vacaciones en Tuilla; allí comentábamos la situación de cada uno, en cada centro.

La opción por los pobres nos surgió luego, pienso que por las circunstancias de los tiempos. Nuestra promoción fue la primera del Concilio Vaticano II; se hablaba de aires nuevos, el Papa Juan XXIII abogaba por abrir las ventanas de la Iglesia para que se airearan, aunque después las hayan cerrado a cal y canto.

Nos ordenamos simultáneamente. Gaspar celebró la primera misa el domingo 26 de junio y yo lo hice el día de San Pedro, tres días más tarde. En las dos misas coincidieron muchas personas, porque Tuilla no era tan grande, pero sí me llamó la atención que acudieran personas a las que yo no esperaba ver por allí. Fueron por Gaspar porque, a pesar de haber estado más lejos del pueblo que yo, era una persona muy apreciada, muy abierta, muy acogedora y optimista. Gaspar siempre transmitía alegría.

Tras la primera misa llega el contacto con la realidad y tienes que reinventar tu misión. La realidad con la que me encontré fue la que había vivido durante mis años de infancia. En el seminario me eduqué en la línea del obrerismo testimonial y de pobreza, y nunca quise ser traidor a la clase obrera, a la que yo pertenezco y de la que me considero defensor a ultranza. Mi opción también fue personal, como la de Gaspar. Llevo 32 años aquí, en esta parroquia, donde no hay oro ni plata; los vasos son de Sargadelos, pero hay un ambiente de acogida, de cercanía, que ya ni los feligreses ni yo queremos otra Iglesia.

Gaspar eligió otra opción para su vida, mucho más radical, pero creo, y lo creo profundamente, que obró en conciencia, que le costó muchísimo tomar esa decisión y que la tomó en contra de sí mismo, porque creía que era su exigencia. El propio Gaspar lo expresa claramente: “Hay que estar siempre con la gente, siempre y para todo”. Lo dice también en ese documento que dejó aquí en Asturias antes de que regresara por última vez a Nicaragua. Y eso es algo que trastoca los sentimientos y la fe de los creyentes. Eso es vida, no es cerrarse a la luz del Evangelio. Jesús era tolerante, comprensivo. Nuestra misión no es condenar, ni juzgar, sino ser tolerantes, tender siempre la mano, abrir caminos. Es la misión de la Iglesia y del cristiano. Por eso, necesitamos comprensión, y a veces me atrevo a decir que como no tenemos suficiente valor, criticamos la actitud de Gaspar para justificar la nuestra, y nos perdemos en que cogió las armas. Gaspar fue todo generosidad y entrega hasta las últimas consecuencias.

Yo, para mí, tengo canonizado a Gaspar, aunque la Iglesia no lo canonizó. Sé que no llegaré a verlo en los altares, pero en Tuilla celebramos una misa a los 25 años de su muerte, en 2003, y dije entonces, desde lo más profundo de mi corazón, que era hora de rezar a Gaspar, y no de rezar por Gaspar, de rezarle pidiendo su ayuda, su protección. Fue un ser humano trascendente, un santo, porque sobresalió fundamentalmente en el amor, y nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus hermanos, al igual que Jesús. El Evangelio dice también: “Porque amó mucho se le perdonó mucho”. Me parece que Gaspar se sobrepasó, se pasó en la solidaridad, en el amor, la generosidad, la entrega. Lo llevó hasta el extremo, hasta las últimas situaciones y circunstancias.

Gaspar es un modelo inagotable, es un testimonio permanente para niños, jóvenes, adultos y ancianos. Todos podemos encontrar en él una palabra de ánimo, de consuelo, de valentía, de solidaridad, de tolerancia, de comprensión y, fundamentalmente, de generosidad, que los cristianos llamamos amor. Gaspar vive en el recuerdo de sus amigos, de sus familiares, pero es triste que permanezca también en el olvido, que muchas personas no hayan descubierto su gran valor, su riqueza a nivel humano, espiritual, cristiano. Para conocer a Gaspar tenemos muchos cauces, porque él está presente en su obra, en el pueblo nicaragüense, está presente en su literatura; su poesía refleja los sentimientos, la personalidad, la dignidad y la solidaridad de este gran personaje. Es urgente y necesario evitar el oscurecimiento, que su vida y su recuerdo mueran en el olvido.

 

 

José María Álvarez, Pipo

Cura. Párroco de Valdesoto (Siero)

 

Personalmente, creo que lo más importante para un cura es ser sensible ante la realidad social que está viviendo y asumir los problemas que puedan tener las gentes de los pueblos donde uno está. Gaspar García Laviana fue muy sensible a la realidad de Nicaragua, que vivía una situación límite, como otros países de Hispanoamérica. Yo entendía perfectamente a Gaspar porque, aquí, nosotros respondíamos a la dictadura, y éramos perseguidos, vigilados y amenazados de muerte en cartas anónimas. Y en unas circunstancias tan duras como la de Nicaragua, no me extraña en absoluto la decisión de Gaspar, como tampoco me extraña, aun siendo pacifista como soy, que haya curas guerrilleros. Gaspar tuvo como discípulos a chicos y chicas que estaban en la guerrilla, les enseñó el Evangelio, así es que tenía que respaldar lo que él había impulsado en esos chavales.

 

La opción de la lucha armada tiene que estar condicionada por el ambiente, por las circunstancias, y nada más. Uno debe responder en la medida de las posibilidades que están al alcance de su mano y, realmente. los que tienen la última palabra son los que están viviendo donde están los problemas. No son los teóricos que viven en los despachos, porque estas personas, al calor de las calefacciones, viven todo de forma muy distinta a quienes están sufriendo.

 

La Iglesia oficial siempre vio con buenos ojos a la gente que apoyaba a las dictaduras. Nicaragua, Chile, Argentina, incluso la España de Franco lo demuestran. Sin embargo, cuando había una violencia de izquierdas, la Iglesia oficial se ponía agresiva y condenaba. Es verdad que también hubo obispos como Casaldáliga que, allá en el Mato Grosso, era obispo de los pobres y que formando parte de la jerarquía llamó a Gaspar García Laviana “hermano mío”. En concreto, en un texto suyo dice:

 

“Cuando un vuelo cortado por la muerte

igual que un crucifijo en carne viva,

como un abrazo extremo que me llama,

me ha acercado tu nombre,

Gaspar, hermano mío, asturiano,

justicia de minero, bronco acantilado,

corazón de Jesús en pura llaga”.

 

Por tanto, también parte de la jerarquía ve de una manera más cercana al Evangelio que los cristianos adopten posiciones, por decirlo así, prácticas.

 

El Entrego, en el concejo de San Martín del Rey Aurelio, del que procedía Gaspar, fue en algún momento la capital del movimiento obrero minero; en el salón de su iglesia se reunían los sindicatos con los mineros para debatir los problemas que tenían, y ese recinto acogió también encierros de la construcción. Esa sensibilidad respondía perfectamente a la que podía tener Gaspar. Yo siempre conecté con él; los dos éramos hijos de mineros y mamamos sensibilidad social desde la cuna.

 

Hay un libro de Gaspar, A corazón abierto. Poesías en Nicaragua, publicado en 2007, en el que encontramos parte de su pensamiento. Uno de sus poemas dice:

 

“Mis ideas.

No juzgues mis versos, amigo,

que vives lejos de América.

Me das miedo, criticón, de mesa buena.

Tú y tus calles asfaltadas y tu carro a la puerta,

nunca han vivido conmigo.

No te importan mis ideas”.

 

Otros versos reflejan la actitud de Gaspar respecto a la violencia:

 

“Escribí versos viajeros,

brotes de rojo violento en mi corazón guerrero,

pero siento que mi alma busca colores serenos.

Ya me cansa el rojo diario de mi túnica,

ya me pesa en la cabeza el gorro frigio con la escarpela roja”.

 

Algunos poemas hablan también de la muerte: “Qué duro es morir… sin ver el triunfo”. Creo que lo mismo sintieron Cristo, y Camilo Torres y Che Guevara.

 

En mi opinión, la opción que eligió Gaspar responde a una idea previa a la Teología de la Liberación, aunque se hable poco de ella, porque es más profunda y menos externa. Es la Teología de la Encarnación, que plantea al clero incardinarse dentro de la realidad social donde uno vive; rechaza, por tanto, la figura del cura lejano a la gente y defiende la del cura cercano, el que vive los problemas de la gente, los que fueran. Creo que aquí se enmarcan los curas obreros que se dieron en la cuenca minera y en otras zonas, curas antifranquistas, que queríamos la libertad del pueblo, para todos: libertad de reunión, libertad sindical, libertad política. Y Gaspar, en Nicaragua, abrazó también esa idea de incarnarse, de vivir los problemas del pueblo, porque hay que ser muy insensible para no reaccionar ante realidades tan duras como las que se estaban viviendo en Nicaragua. Necesariamente, tendría que elegir entre coger el crucifijo o coger la metralleta. En un contexto religioso normal hay que ser pacifistas, pero cuando ves que hay personas que sufren la violencia, a veces no tienes otra alternativa.


 

 

 

José Antonio Couso

Cura. Párroco de San Pedro (La Felguera)

 

El 27 de abril de 1977 Gaspar García Laviana estuvo en mi casa, en La Felguera. Vino a Asturias para dejar una especie de testamento y quiso reunirse con un grupo de sacerdotes amigos para transmitirnos su deseo de volver a Nicaragua. Nos dijo que no podía abandonar a los suyos, aunque sabía que iba a tener muchísimas dificultades si regresaba. Insistió en que debía volver como fuera y en que entraría en el país como pudiera. Yo noté en su semblante una preocupación muy honda, muy profunda, a pesar de que Gaspar era de carácter fuerte, adusto. Su preocupación la manifestó en todas las expresiones; sabía que estaba en el punto de mira, y por eso quiso hablar con nosotros.

 

La postura de Gaspar fue enormemente valiente. Era un hombre que estaba convencido de lo que hacía y, aunque las opciones son siempre discutibles, siento un profundo respeto por las que se toman desde la más profunda honradez y desde esa hondura de convicción.

 

Yo no justifico la violencia por la violencia, porque me parece que engendra violencia, pero sí que respeto la actitud que Gaspar toma en un momento determinado de su vida. Yo no la hubiera adoptado, pero tampoco tenía las circunstancias que él tuvo. Pero me parece que su opción no es predicable en general, aunque sí puede ser la que adopte una persona determinada y en un momento determinado.

 

Aun siendo una decisión muy polémica y discutible, creo que Gaspar fue respetado por la Iglesia asturiana y por mucha gente. En Asturias no nos resultaba muy difícil comprender los problemas que él encontró en Nicaragua porque aquí, salvadas todas las diferencias culturales, religiosas, sociales y políticas, hubo también en aquellos años curas y seglares comprometidos muy seriamente con la causa de los obreros, y hubo sacerdotes encarcelados y vigilados. Entendíamos, respetábamos y admirábamos a Gaspar. En su pueblo hay una calle que lleva su nombre. Muchas personas le consideran un mártir, pero no creo que sea un mártir para subirle a los altares; vamos, que yo no prepararía la causa para su canonización. Uno puede ser mártir de muchas cosas y, en mi opinión, Gaspar fue un mártir en el sentido de que se entregó a una causa, que creyó en ella y que fue por amor a su pueblo.

 
 

 

José Antonio Gutiérrez Macho

Cura. Coadjutor de San Pedro (La Felguera)

 

De Gaspar García Laviana guardo en mi cabeza, treinta años después de verle por última vez, estampas e impresiones, Tengo muy claro el encuentro que mantuvimos con él en La Felguera, en el que nos transmitió su deseo de volver a Nicaragua y nos enseñó un documento que había escrito, una especie de testamento, porque ya presentía entonces que iba a tener muchas dificultades cuando regresara.

 

Y junto a ese recuerdo está el de la misa concelebrada que Gaspar y otros sacerdotes realizamos en La Felguera, junto a Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina. Cantaron su misa campesina, con ese estilo sudamericano muy propio de ellos y que, precisamente, predicaba Gaspar. Recuerdo también el viaje que hicimos con todos ellos a Covadonga; allí cantamos con la escolanía. Hice mucha amistad con Mejía Godoy y su grupo. Me impactaron mucho: Carlos era una persona muy preparada y todos ellos eran de lo más sencillo del pueblo; todos tenían familiares muertos por el régimen de Somoza. Cuando cantaban se les veía muy bien, pero arrastraban consigo una pena interior. Eso me quedó grabado, como también la relación mandan bastante» que tenían entre sí; uno de ellos era alcohólico y, por ayudarle, cuando iban juntos a los bares no bebía ninguno.

 

El tema de que Gaspar cogiera las armas me parece totalmente secundario. No entro en el debate teológico, lo dejo para la teología, pero yo no tengo problema con eso. Lo que quería Gaspar era volver con los suyos, pero no le dejaban regresar a Nicaragua. Pienso que no pudo dar otro paso una vez que vivía en el monte, con los guerrilleros. Ellos le dirían que, por si acaso, cogiera un arma y… Respeto totalmente su decisión, porque no sabemos qué haríamos cada uno de nosotros según las circunstancias. Uno puede elegir, pero las circunstancias también mandan bastante.

 

Gaspar era sensible a las injusticias sociales. Él nació en las cuencas mineras, y había visto la lucha obrera de los años 60 por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores asturianos. Cuando llegó a Nicaragua se encontró con eso y con muchísimo más, e imagino que algo dentro de él se agitaría.


 

  

Andrés Álvarez Suárez

Misionero del Sagrado Corazón.

Vicario de la parroquia de San Federico (Madrid)

 

Gaspar García Laviana era un chaval abierto, pacífico, observador, ni buen estudiante ni malo. Coincidí con él en los tres años de Filosofía y cuatro de Teología que cursé en Logroño. Allí sentimos ya la droga de las misiones, no la etiqueta de los pobres, sino de los más necesitados. Nos hablaban de Oceanía, de Nueva Guinea, de América, y te preparabas un poco para eso, con una teología totalmente desencarnada de la realidad, pero con un corazón abierto.

 

Una vez ordenado sacerdote del Sagrado Corazón, Gaspar fue destinado a esta parroquia de San Federico, en Madrid, junto a otro compañero, Arturo García, que era de mi curso. Allí se involucró sobre todo con los jóvenes y optó por trabajar en una serrería, porque los sacerdotes misioneros teníamos que trabajar para ganarnos la vida. Así es que la gente le veía por la mañana con un mono y tragando polvo en aquella serrería del barrio, que era moderna para la época.

 

Cuando llevaba cuatro años en Madrid, la congregación pidió gente para ir a Nicaragua, «Le angustiaba la angustia de la gente, los cristos de carne y hueso» Guatemala y El Salvador. Gaspar nos comentó que en Madrid había bastantes curas y que él optaba por trabajar en un lugar donde la gente más le necesitase. Así fue como cayó en Nicaragua en 1970; allí comenzó su transformación.

 

Recuerdo que me contó cómo, cuando llevaba ocho o nueve meses en Nicaragua, aparecieron en su despacho una decena de niñas de 8 a 11 años. “Padresito, padresito venimos a refugiarnos”, le dijeron. “Pero ¿qué os pasa?”, preguntó él. Las niñas comenzaron a enseñarle las espaldas llenas de latigazos, las piernas amoratadas. ”Es que nos han traído de la montaña diciendo que nos iban a dar trabajo y una señora nos obliga a acostarnos con hombres. Nos hemos escapado aprovechando que ella salió”. Gaspar dejó a las niñas en el despacho y fue a la comisaría, donde se encontró con unos agentes que, por lo visto, ya le conocían. “Pero si es el remamahuevos Gaspar, ¡ya era hora que nos relacionásemos!”, le dijeron los policías. Se rieron de él bastante rato, utilizaban expresiones que Gaspar no entendía. Él se sentía perplejo, hasta que uno zanjó la charla: “Mire padrecito, no se meta usted en eso, que peligra su pellejo”.

 

Otra experiencia que le marcó, y que también me contó, fue el terremoto que sufrió Nicaragua; en su parroquia, que era de piedra, tuvieron que alojarse 200 familias que se habían quedado en la calle. El encargado de Cáritas, el padre Mateos, que aún vive, y Gaspar pidieron una entrevista con Somoza, porque pasaban los días y no llegaban las ayudas, mantas y otros enseres, que, a ellos les constaba, España y otros países habían enviado. Somoza recibió a los dos hombres con los pies encima de la mesa y un puro enorme, como un poste de la luz, según me dijo Gaspar, diciendo que las cosas que mandaban para Nicaragua eran para él y su familia. Estas situaciones cambiaron a Gaspar por completo, fue transformándose, y la opción que tomó fue una opción evangélica, de gritar por los que no tienen voz con todas las consecuencias.

 

Un día de abril de 1977, cuando Gaspar estaba comiendo en su parroquia, llegó el embajador de España en Nicaragua y le dijo que, de forma inmediata, debía de hacer la maleta y marchar a España porque peligraba su vida. Un coche le esperaba fuera para llevarle al aeropuerto. Gaspar se negó, pero el embajador insistió: “Mira, tengo poca gana de líos, ya tengo bastantes, así es que tú te vas a marchar, tienes aquí el pasaje para España”.

 

Yo fui a buscarle a Barajas, venía hecho polvo. Fuimos a la parroquia de San Federico, donde estaba destinado yo, y avisé a las familias que le conocían porque sabía que querrían verle. Cenamos unas tortillas en un club de jubilados, y todo el mundo empezó a piropear a Gaspar por lo que hacía, y él en silencio, hasta que se levantó, tranquilo, muy tranquilo, para decirnos que se sentía un cobarde. “He estado educando a aquella juventud y aquella gente, luchando durante siete u ocho años y yo, por ser sacerdote y misionero y español, vengo aquí y en cambio aquella gente está muriendo. Yo no puedo quedarme aquí”, dijo. Intentamos tranquilizarle, decirle que estaba deprimido, que se le pasaría cuando llegara a Asturias. Él se calló, durmió en San Federico y al día siguiente volvió a su tierra, a Asturias, pero al cabo de 15 días su padre le dijo: “Gaspar, si no te encuentras satisfecho y feliz, vete donde crees que tienes que ir”.

 

Gaspar fue a Madrid, habló con el provincial del Sagrado Corazón para comunicarle que volvía a Nicaragua. “Tengo que estar allí luchando con los que luchan, yo no soy de derechas ni de izquierdas, sino de aquella agente que está luchando por la vida”, dijo Gaspar a sus superiores. El general de la congregación se reunió también con él, y le apoyó; dijo que Gaspar García Laviana continuaba como misionero dentro de la congregación del Sagrado Corazón: “Y tome la opción que tome, si es por los pobres, continua y estamos con él”. Fue entonces cuando volvió a enrolarse con los sandinistas hasta que murió, el 11 de diciembre de 1978. Yo conocí la noticia en San Federico. Su hermano Silverio, también misionero, en el colegio de Hospitalet donde daba clases. Sentimos una gran tristeza, pero también una gran alegría en el sentido de que había un mártir.

 

Como ser humano, Gaspar tenía mucho carácter, se cabreaba y era aparentemente mal hablado, soltaba tacos, pero era un hombre profundamente pacífico y profundamente comprensivo y sensible, sensible a la vida de las personas. Había encarnado un poco el mensaje, el mensaje de Jesús de Nazaret y de misionero del Sagrado Corazón, es decir tenía el corazón de Cristo no en la estampita sino en la vida. Y, desde luego, tenía ideas claras, sabía dónde iba, sabía cuál era el camino y sabía dónde se comprometía y dónde se jugaba la vida. Gaspar era, además, un hombre tímido, al que no le gustaba el autobombo. Incluso cuando personas como el obispo Casaldáliga le mostraban su admiración, él no quería oír sus palabras elogiosas. Él creía que lo que hacía era lo que tenía que hacer.

 

A veces se ha especulado sobre si tenía relaciones o no con mujeres. Yo, por las noticias que tengo y por su psicología, Gaspar, como toda persona normal, ama más a las mujeres que a los hombres, y tenía un profundo sentimiento de amistad. Lo que pasa es que hoy, ayer y siempre, cuando un sacerdote o un misionero se relaciona con una persona, sobre todo con una chica guapa, como está la obsesión del sexo, enseguida se rumorea si se acuesta o no con ella. Gaspar tenía profundas amistadas en los hombres, en las mujeres y en las parejas y en la guerrilla, porque había mujeres también en la guerrilla. Era siempre amor, porque donde hay amor ahí está Dios.

 

Para mí, una de las grandes poesías que tiene es ésta:

 

“Las angustias de mi alma,

no las calma el rosario,

ni la misa, ni el breviario.

Mis angustias las mitigan

las escuelas en los valles,

el bienestar del campesino,

la libertad en las calles

y la paz en los caminos”.

 

Creo que Gaspar utilizó el sandinismo como instrumento para el servicio, para el servicio del pueblo. Y punto, porque no podemos utilizar sólo el rosario para liberar al pueblo, a veces hay que utilizar también otros instrumentos.

 

Pienso que uno de los defectos de Gaspar es que sufría muchísimo por dentro cuando veía los problemas de la gente; en lugar de mirar para otra parte, a él le angustiaba la angustia de la gente, los cristos de carne y hueso, Él vivía el Vía Crucis, no como un psicópata o un angustiado, sino como quien estaba junto a ellos, en tanto que podía ayudarles. No era un fundamentalista, ni un obsesivo, sino que había descubierto que su vida, lo que tenía, lo que podía y lo que sabía, tenía que estar al servicio, no de la jerarquía sino de los pobres. Por eso creo si no le hubieran matado, ahora estaría de misiones. Ya en una carta a su hermano Silverio le dijo que cuando terminase un poco la pobreza en Nicaragua, él volvería a una parroquia, a otro lugar donde le necesitasen más. Lo que pasa es que cuando uno se compromete así, se juega la vida, igual que Jesús de Nazaret. Hoy le aconsejaríamos que fuese un poco más prudente. De hecho, tristemente, estamos diciendo a la gente que se compromete que hay que ir despacio, que escandalizamos.

 

Me gusta recordar un poema de Gaspar sobre el sentido que le daba a su propia muerte:

 

“Cuando muera

no quiero que sollocen mentiras

las sanguijuelas del pueblo.

 

No quiero que me lloren

los perros que comen rebaños de gente.

No quiero que sus lágrimas saladas

esterilicen mis obras...

 

Pero voy a gritar hasta que muera,

que mejor comen mil perros flacos,

que un perro gordo

reviente de comida

y pisotee las sobras

para que no coma nadie.

 

Yo sé, yo sé

que me tienen en la mira

de sus pistolas,

por eso labro mis versos

con tosco machete, mi divisa,

y escribo a toda prisa,

por si me alcanza la muerte.

 

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